—dijo Sophie.
—No —respondió Enzo al instante—. La cocina tiene salida trasera. Se queda donde pueda verla.
La frase sonó cruel, pero Sophie entendió la lógica. En ese momento, los brazos de una madre no bastaban. El mundo que ella había intentado evitar ya había entrado por la puerta principal.
Los hombres de Rocco trajeron al conductor por la parte trasera. Era un sujeto delgado, con gorra negra, labio partido y una sonrisa absurda. Lo obligaron a arrodillarse en el suelo, entre el aroma de azúcar quemada y el miedo de los clientes.
Enzo se agachó frente a él.
—¿Quién te envió?
El hombre escupió sangre.
—Tú no entiendes nada.
Enzo le tomó la mandíbula con dos dedos.
—Entonces enséñame.
—Tu consejero dijo que reaccionarías así.
La pastelería entera pareció inclinarse.
Sophie soltó un sonido mínimo. Enzo lo escuchó. Ese sonido le confirmó que ella reconocía la pieza que faltaba.
Stefano Romano.
El hombre que había insistido en la boda con Bianca. El hombre que sabía la agenda de Enzo. El hombre que había tenido acceso a cada movimiento de seguridad, cada reunión, cada punto débil.
—Sophie —dijo Enzo sin apartar la vista del conductor—. Habla.
Ella tragó saliva.
Durante tres años había cargado con una versión de la verdad tan pesada que casi le doblaba los hombros. Ahora no tenía dónde esconderla.
—Stefano fue a verme la noche antes de que me fuera —confesó—. Tú estabas fuera de la ciudad. Entró al apartamento como si fuera suyo. Sabía que estaba embarazada antes de que yo pudiera decírtelo.
Enzo cerró la mano.
El conductor gimió.
—Me mostró fotos —continuó Sophie—. De mí entrando al hospital. De la ecografía. De lugares donde yo compraba ropa de bebé. Dijo que si me quedaba, tu familia usaría al niño para controlarte. Dijo que si te lo contaba, primero te mataría a ti y luego haría desaparecer al bebé.
Mia se removió en sus brazos.
—Mamá, ¿qué es desaparecer?
Sophie rompió en lágrimas silenciosas.
Enzo no sabía qué hacer con ese llanto. Podía ordenar muertes, cerrar negocios, comprar jueces. No sabía cómo borrar tres años de terror de la cara de una mujer.
—¿Por qué no viniste a mí? —preguntó, aunque la respuesta ya dolía antes de llegar.
—Porque te conocía —dijo ella—. Habrías incendiado la ciudad. Y ellos esperaban eso. Querían que perdieras el control, que rompieras la alianza, que dieras una excusa para matarte sin que nadie te defendiera.
Era cierto.
Esa era la parte más cruel.
El viejo Enzo habría respondido con fuego, y en el fuego Sophie y Mia habrían quedado atrapadas.
Bianca dio un paso atrás, procesando el golpe. Si Stefano estaba detrás de aquello, la boda no era solo una alianza. Era una trampa. Y si la familia Viti estaba involucrada, la ciudad no estaba cerca de la paz; estaba parada sobre una bomba.
Entonces el teléfono del conductor vibró.
Rocco lo recogió y miró la pantalla.
—Videollamada.
Enzo la aceptó.
El rostro de Stefano apareció iluminado por una lámpara baja. Vestía impecable, como siempre, con una copa en la mano y la calma de un hombre que cree haber ganado antes de empezar.
—Lorenzo —dijo—. Qué escena tan conmovedora. La esposa perdida, la niña secreta, el padre arrepentido.
Enzo no gritó.
Eso habría sido más fácil.
—Estás