empezaba a sentirse nuestra.
“Hoy”, le dije, “vamos a comprar pan dulce y después tú vas a escoger el color de tu cuarto.”
Sus ojos se iluminaron.
“¿Puede ser amarillo?”
“Puede ser amarillo.”
Lucía corrió a buscar sus zapatos.
Yo me quedé sola un momento, con las llaves del departamento en la mano. Eran livianas, pero para mí pesaban como una victoria.
No había recuperado una familia.
Había construido una.