—Mi hijo no arruinó nada.
Mateo me tomó la mano.
Fue un contacto pequeño, tibio, firme.
De pronto recordé todas las mañanas en que había salido de casa antes de que amaneciera para tomar dos camiones a la clínica; todas las noches en que cosí uniformes ajenos para pagar útiles; todas las veces que mi madre me hizo sentir menos por no tener esposo, como si la ausencia de un hombre borrara mi esfuerzo.
—Mateo no fue mi vergüenza —dije—.
Fue la razón por la que seguí viva cuando ustedes me dejaron sola.
Nadie se rio.
Iván bajó la cabeza.
—Clara, perdóname.
La palabra sonó pequeña, ridícula, caída en medio del desastre como un vaso de agua sobre un incendio.
—No sé si puedo —respondí.
No lo dije para castigarlo.
Lo dije porque era verdad.
El padre de Renata se levantó entonces.
Su rostro estaba rojo, no de vergüenza ajena, sino de furia contenida.
—La fiesta terminó —dijo.
Renata se volvió hacia él.
—Papá…
—No.
Basta.
En menos de cinco minutos, la boda dejó de parecer una boda.
Los músicos guardaron instrumentos sin mirar a nadie.
Los meseros comenzaron a retirar copas llenas.
Los invitados hablaban en voz baja, algunos con pena, otros con ese brillo de quienes ya tenían una historia para contar durante años.
Yo no esperé a ver quién se iba con quién.
Bajé del escenario con Mateo, tomé mi bolso de la mesa y caminé hacia el jardín.
Afuera, el aire olía a pasto húmedo y a noche fresca.
Las luces colgadas entre los árboles se movían apenas con el viento.
Detrás de nosotros, la música se había apagado por completo.
Me senté en una banca de piedra porque las piernas ya no me sostenían.
Mateo se quedó de pie frente a mí, con el teléfono de mi papá entre las manos.
—¿Estás enojada conmigo? —preguntó.
Esa pregunta me rompió de una manera que ninguna burla había logrado.
Lo jalé hacia mí y lo abracé.
—No, mi amor.
No.
¿De dónde sacaste ese teléfono?
Mateo tragó saliva.
—Del cajón de la abuela.
Me aparté un poco para mirarlo.
—¿Qué cajón?
—El de su cuarto.
Cuando fuimos a llevarle las flores la semana pasada, me pidió que buscara unas pilas.
Vi el teléfono de mi abuelo en una caja.
Lo reconocí por la funda.
Me dio coraje que dijera que lo había tirado.
—Mateo…
—No lo robé —dijo rápido—.
Bueno, sí lo agarré, pero era tuyo también.
Quería darte una sorpresa.
Pensé que tendría fotos de él.
Respiró hondo.
—Anoche lo cargué.
No prendía al principio.
Después salieron los videos.
Vi el de mi abuelo.
Y hoy, cuando tú estabas arreglando la manga de Renata, dejé el teléfono grabando porque quería hacer un video de todos diciendo cosas bonitas para ti.
Para que no te sintieras sola en la fiesta.
Me tapé la boca.
Mi hijo había intentado regalarme cariño y terminó encontrando una traición.
—Escuché lo que dijeron —susurró—.
No sabía qué hacer.
Guardé el teléfono y esperé.
Cuando se burlaron, supe que el abuelo tenía razón.
Lo abracé otra vez, más fuerte.
—Tú no tenías que defenderme.
—Alguien tenía que hacerlo.
Lloré entonces.
No como lloraba antes, escondida en el baño para no preocuparlo.
Lloré con la cara en su cabello lleno de gomina, con