jefe de seguridad personal de Octavio hasta el año del accidente. Después desapareció de la empresa sin despedida ni comunicado.
Renata nunca lo volvió a ver.
A la mañana siguiente no aceptó entrevistas. Se negó a posar como el milagro de la semana. Le pidió a Abril que la llevara a Valle de Bravo antes de que su padre pudiera organizar otra pared de silencio.
El Observador de la Sierra ocupaba un local angosto encima de una ferretería vieja. El editor, Lucio Armenta, era un hombre de cabello blanco, manos manchadas de tinta y memoria de archivo. Cuando vio el recorte, dejó escapar un suspiro lento.
—Pensé que ese papel había desaparecido para siempre —dijo.
Renata sacó la fotografía de la funda.
—Quiero saber quién es ese niño.
Lucio miró la imagen con una incomodidad que no parecía venir sólo del pasado.
—Se llamaba Gael Ramírez.
Abrió un cajón metálico y sacó una libreta ajada con el nombre de Marta Quintero escrito en la tapa. Era la reportera que cubrió el accidente. Las primeras páginas estaban llenas de notas rápidas: clima, hora, ubicación, posición del vehículo, declaración de paramédicos. Luego aparecían frases subrayadas varias veces.
Menor testigo vio a hombre con chamarra de Salvatierra Grupo junto al vehículo en gasolinera.
La madre no dijo quédate quieta. Gritó que saquen a la hija y que corra.
Preguntar por Adán Robles.
Renata sintió un golpe hueco en el pecho.
—¿Qué significa lo de la gasolinera?
Lucio apoyó los codos sobre el escritorio.
—Marta estaba convencida de que el choque no había sido un simple accidente. El niño, Gael, dijo haber visto a un hombre agachado junto a la camioneta de tu madre poco antes de que saliera a carretera. Llevaba una chamarra con el logo de la empresa de tu padre. No alcanzó a escuchar todo, pero aseguró que el hombre cortó algo y luego cerró el cofre.
Renata no parpadeó.
—¿Publicaron eso?
Lucio soltó una risa amarga.
—Intentamos. Unas horas después llegaron abogados, compraron fotos, ofrecieron dinero, amenazaron con demandas. La nota salió mutilada. Marta dejó apuntado lo que pudo y al día siguiente la movieron a otra fuente. Tu padre tenía brazos largos.
—Mi padre no hace nada sin motivo.
Lucio la observó con una mezcla de pena y cansancio.
—Entonces quizá ya sabes más de lo que crees.
Renata no sabía. No del todo. Pero algo empezó a reacomodarse dentro de ella con una violencia insoportable. Recordó las discusiones de sus padres durante los meses previos al accidente. Recordó carpetas escondidas en la casa. Recordó a Verónica diciendo que esa noche se iban a ir un tiempo. Recordó a Octavio entrando al garaje con el teléfono pegado al oído y la cara endurecida por una furia contenida.
Salió de la redacción con las piernas agotadas y la respiración corta. Abril tuvo que sostenerla del codo cuando el mundo se le inclinó de golpe.
—Vamos a hacerlo paso a paso —dijo la doctora.
—No —respondió Renata—. Vamos a hacerlo entero.
Esa misma noche enfrentó a su padre en el despacho de la casa familiar.
Octavio seguía impecable por fuera. La corbata aflojada era el único indicio de que algo se había roto en su control.
Renata dejó la libreta de Marta sobre el escritorio.
—Adán Robles. La gasolinera. El recorte