ya no está parada frente a ellas esperando que se abran.
Esa noche llevé a Mateo y Renata a ver el río. Hacía frío, y los dos se metieron bajo mi abrigo como pajaritos. Las luces se reflejaban en el agua. Un músico tocaba lejos una melodía triste, pero la calle estaba viva.
—Mamá —dijo Renata—, ¿esta es nuestra casa para siempre?
Miré las manos de mis hijos, pequeñas, tibias, aferradas a mí sin miedo.
—Nuestra casa está donde nadie tenga que ganarse el derecho de quedarse —respondí.
Mateo apoyó la cabeza en mi brazo.
Yo pensé en la oficina del notario, en la frase de Darío, en la clínica donde una verdad destruyó la fantasía que él había elegido sobre nosotros. Durante mucho tiempo creí que aquel día había perdido una familia.
Pero mientras mis hijos caminaban a mi lado bajo la luz húmeda de Lisboa, entendí que no la había perdido.
La había sacado a tiempo.