dijo. Y eso no fue lo peor. Apaga otra vez el teléfono hasta que yo…”
El audio se cortó.
Antes de que pudiera repetirlo, entró una foto desde el número desconocido.
Nicolás en un pasillo blanco, con el rostro desencajado. Rebeca llorando en una silla. Amelia de pie, rígida, con una mano sobre el pecho. Y detrás, parcialmente visible, el doctor Esteban Llorente.
Valeria lo reconoció al instante.
Dos años atrás, Nicolás había desaparecido varias mañanas alegando reuniones con un inversionista europeo. Una tarde regresó de mal humor, encerró su teléfono en el cajón del despacho y bebió solo en la terraza. Cuando ella entró a preguntarle qué ocurría, él respondió con una agresividad extraña:
—No vuelvas a revisar mis papeles.
Ella ni siquiera los había tocado.
Semanas después, mientras buscaba una póliza médica, encontró una tarjeta profesional del doctor Llorente en el bolsillo interno de una chaqueta. Especialista en fertilidad masculina.
Nicolás se la arrancó de la mano al verla.
—No metas las narices donde no te llaman.
Esa noche durmió en el estudio.
Durante días no volvió a mencionarlo.
Y cada vez que Valeria intentó hacerlo, él la acusó de querer humillarlo.
Ahora el nombre del médico regresaba desde una clínica donde esperaba, supuestamente, a su futuro heredero.
El teléfono vibró otra vez.
Nicolás.
Valeria dudó solo un segundo antes de contestar.
—¿Qué te dijo Julia? —preguntó él sin saludar.
La voz le salió rota, como si hubiera estado gritando.
—Nada importante.
—No te subas a ese avión.
—Ya lo hice todo para subir.
—Valeria, escúchame. Rebeca me engañó.
Ella apoyó la espalda en la silla.
—Qué inesperado.
—No entiendes.
—Entiendo que vaciaste las cuentas de tus hijos para comprarle un penthouse a tu amante.
Hubo un silencio corto al otro lado.
—¿Quién te dio esos documentos?
—La persona correcta.
—Eso no importa ahora —dijo él, respirando fuerte—. Lo importante es que no abras nada todavía. Hay cosas que no sabes.
Valeria sintió un estremecimiento frío.
No era solo desesperación lo que escuchaba en su voz.
Era miedo.
—Entonces dilo.
Se oyeron pasos, una puerta cerrándose, ruido amortiguado.
Luego él bajó la voz.
—No por teléfono.
—Claro.
—Valeria, por favor. Lee primero todo lo que te dejaron. Pero no tomes decisiones sobre los niños hasta ver una memoria USB que está en el segundo sobre.
Valeria giró la cabeza de inmediato hacia el bolso. No había revisado el compartimento lateral desde el control de seguridad. Metió la mano y encontró un sobre pequeño que antes no había notado.
—¿Qué hay ahí? —preguntó.
Nicolás tardó demasiado en responder.
—La razón por la que mi padre siempre quiso apartarte.
La frase cayó con una extrañeza viscosa.
—Habla claro.
—No puedo aquí.
—Entonces no me llames.
—Valeria… Tomás y Lucía…
Todo el cuerpo de ella se tensó.
—Ni se te ocurra usar a mis hijos para manipularme.
—No los estoy usando. Te estoy advirtiendo.
Antes de que pudiera seguir, otra voz irrumpió en la línea.
Rebeca.
—¡No le creas nada! —sollozó—. Él ya sabía lo del bebé. Lo sabía desde hace meses. Y también sabía lo otro. Su madre fue la que pagó para esconderlo.
Después se oyó un forcejeo, un golpe sordo y la llamada se cortó.
Valeria se quedó inmóvil, con la mirada clavada en la pantalla apagada.
Lo