otra vez y dejé los tacones al fondo del armario.
No como reliquia.
Como prueba superada.
Apagué la luz del cuarto.
Me quedé un momento en la oscuridad, escuchando la lluvia en los vidrios.
Ya no había ceremonia.
Ya no había prometido.
Ya no había una familia esperándome al otro lado del altar.
Lo que había era algo más difícil y más limpio.
Mi nombre.
Mi casa.
Mi voz.
Y esta vez, nadie iba a administrarlos por mí.