Me explicó que una escritura verdadera no se roba como en las películas, pero sí puede intentarse construir alrededor de una persona asustada una apariencia de consentimiento. Una firma apurada. Una declaración privada. Un testimonio ambiguo. Un juego sucio con testigos que luego digan que todo parecía voluntario.
Dos noches antes de la boda, Clara me llamó a las dos de la mañana. No alcancé a contestar. Me dejó un mensaje de voz quebrado por el llanto. Decía que Iván estaba insoportable, que repetía una y otra vez que después del brindis por fin todo iba a quedar en orden, que ella no quería pelear más, que hablaríamos al día siguiente. Cuando intenté devolver la llamada, ya tenía el teléfono apagado.
A la mañana siguiente fui a la fiscalía patrimonial con Nicolás. Presenté una denuncia preventiva y entregué copias de todo lo que tenía: la tarjeta del gestor, las solicitudes de copias, el mensaje de Clara, un correo reenviado por error desde la cuenta de Iván donde se hablaba de un cierre posterior a la ceremonia. No era todavía una prueba definitiva de delito consumado, pero sí el dibujo demasiado claro de una coacción inminente.
Aun así, fui a la boda.
Fui porque Clara seguía siendo mi hija.
Fui porque una parte de mí no soportaba la idea de abandonarla si estaba metida en algo que no sabía manejar.
Y fui también porque, si de verdad querían hacerme una encerrona, prefería verla llegar que enterarme después.
Desde el primer momento supe que el ambiente no era normal. Rebeca me recibió con un abrazo helado y un comentario sobre lo bien que me veía para alguien que vivía tan aislada. Iván me besó en la mejilla con una cordialidad de actor. Clara evitó quedarse sola conmigo. El gerente del hotel me indicó mi mesa con demasiada prisa. Y cuando me senté, vi que me habían colocado justo al costado del escenario, visible para todos, lejos de mis primas y cerca de la familia Gálvez.
Estaban preparando un teatro.
Esperé.
El brindis empezó después del primer baile. Hubo palabras bonitas, aplausos, promesas de futuro. Iván agradeció a su madre, a los socios que confiaban en él, a los amigos que lo habían acompañado. A mí me dedicó una sonrisa pública y una frase empalagosa sobre el valor de las raíces. Luego pidió que me acercara. Dijo que quería honrarme delante de todos.
No di ni tres pasos antes de entender para qué.
Me pidió el regalo de bodas.
No flores, no una bendición, no una foto.
Las llaves.
Las del portón principal, las de la casa, las del galpón y las del despacho donde él creía que guardaba todo lo importante.
Cuando me negué, me abofeteó.
Por eso, después de enderezarme y de decirle que la codicia deja copias, salí al corredor del hotel y llamé a Nicolás. Usé la frase que habíamos acordado si algo ocurría delante de testigos. Él me respondió que entrara de nuevo al salón y no entregara nada. No iba solo.
Volví adentro con la sangre secándoseme en la comisura de la boca y el pulso extrañamente tranquilo. Iván me observó desde la puerta del corredor y alcanzó a leer el nombre encendido en la pantalla antes de que yo guardara el teléfono.
Nicolás Beltrán.
Albacea.
La