naranja. El aire olía a pasto mojado. En mi bolso llevaba mis llaves, mi identificación, mi tarjeta del banco y la carta de Daniel, doblada con cuidado.
No porque necesitara vivir en el pasado.
Sino para recordar que nunca más iba a permitir que alguien me convenciera de que el silencio era amor.
Mateo apoyó la cabeza en mi hombro.
Yo lo abracé y miré el camino frente a nosotros.
Por primera vez en mucho tiempo, no estaba esperando que alguien viniera a rescatarme.
Ya había empezado a salvarme yo.