locura”.
Lo miré con calma.
“No. Es una cláusula”.
Arturo se unió a nosotros con un sobre gris en la mano.
Saludó con una inclinación cortés.
“Señora Valdés”.
Tomás intentó recuperar compostura al verlo.
“Licenciado Beltrán, esto debe ser un error administrativo”.
Arturo negó suavemente.
“Me temo que no”.
Le entregó el sobre.
Tomás lo abrió, leyó dos líneas y me miró como si acabara de reconocerme después de once años.
“Tú sabías”, murmuró.
“Yo lo firmé contigo”, dije. “Tú preferiste reírte”.
Él volvió al documento. Las cláusulas eran claras: la disolución matrimonial activaba vencimiento. La relación impropia con una subordinada y el potencial daño reputacional constituían un segundo disparador. Había, además, un tercer elemento que él aún no entendía: movimientos internos detectados por auditoría preliminar en cuentas de proveedores.
“Esto es abusivo”, dijo.
“Es legal”, corrigió Arturo.
Tomás pasó una mano por su cabello.
“Puedo refinanciar. Tengo contactos”.
Arturo lo miró con la paciencia de quien ya escuchó ese discurso demasiadas veces.
“Hoy no. No con exposición concentrada, alertas de cumplimiento y renuncias reportadas desde primera hora”.
“¿Renuncias?”
Yo saqué mi teléfono y le mostré un correo que una directora me había reenviado. Recursos humanos había abierto investigación por conflicto de interés, favoritismo jerárquico y autorización irregular de ascensos de Mara. Dos mandos medios renunciaban para no quedar atrapados en el escándalo.
Tomás vio la pantalla y apretó los dientes.
Su teléfono volvió a sonar.
Contestó.
Esta vez puso el altavoz sin querer cuando el director de operaciones empezó a gritar.
“Se nos pararon siete unidades en ruta porque rebotó el pago de combustible. El sindicato exige explicación. Los de Alcorta Distribución quieren posponer la firma hasta aclarar el tema con la asistente. ¿Qué demonios pasa?”
Alcorta Distribución.
Ese nombre me hizo mirar el sedán oscuro con más atención.
La puerta trasera se abrió.
Bajó Mara.
Detrás de ella, una mujer de unos cincuenta y tantos años, traje azul, rostro hermoso endurecido por la furia. La reconocí enseguida. Beatriz Alcorta. Presidenta del grupo con el que Tomás perseguía el contrato más lucrativo del año.
Y madre de Mara.
Tomás maldijo en voz baja.
Beatriz no perdió tiempo.
“¿Es cierto que embarazaste a mi hija prometiéndole que ya estabas separado?”
Mara se quitó los lentes oscuros. Tenía los ojos hinchados. Nada quedaba del aplomo de la cena.
“Mamá…”
“Cállate”, dijo Beatriz sin mirarla. “Primero quiero oírlo a él”.
Tomás intentó recomponerse.
“Señora Alcorta, esto pertenece al ámbito privado”.
“Se volvió público cuando comprometiste a mi hija y a mi empresa en tus mentiras”.
Entonces ocurrió lo que ni Tomás ni yo habíamos previsto.
Mara empezó a hablar.
No con elegancia. No con cálculo. Habló como alguien que por fin descubre que estaba parada sobre una trampa.
Dijo que Tomás le había asegurado que nuestro matrimonio era una formalidad vacía desde hacía un año. Dijo que la había cambiado de área tres veces para mantenerla cerca sin levantar sospechas. Dijo que le pidió firmar autorizaciones con su usuario porque él estaba “resolviendo cosas delicadas”. Dijo que la presionó para no contar el embarazo hasta después de cerrar el contrato con el grupo de su madre.
Beatriz fue endureciéndose a cada frase.
Arturo escuchaba sin mover un músculo.
Y yo sentía que el mapa completo empezaba a desplegarse frente a todos.
“Eso