Porque ya había escuchado suficiente.
Se quedó sentada un largo rato.
El café se enfrió.
Afuera, el patio despertaba.
Don Eusebio cruzó con su sombrero de palma.
Dos muchachos descargaban cajas.
Una mujer reía cerca del lavadero.
Esa vida cotidiana, sencilla y trabajadora, era la razón por la que Clara había firmado.
A media mañana llegó el licenciado Duarte.
Traía ojeras, una carpeta adicional y una expresión que Clara conocía demasiado bien.
—Hay algo más —dijo.
—Siempre hay algo más cuando uno cree que ya terminó.
Duarte no sonrió.
Puso la carpeta sobre la mesa.
—Investigamos a Isabela Aldama por lo del contrato privado.
Su nombre legal completo no es Isabela Aldama.
Clara sintió que el estómago se le cerraba.
—¿Entonces?
—Isabela Robles Aldama.
Hija de Arturo Robles.
El nombre tardó unos segundos en abrirse paso entre los recuerdos.
Arturo Robles.
Clara se puso de pie.
Veinte años atrás, Arturo Robles había sido socio de su esposo.
Un hombre encantador, de trajes caros y manos limpias.
Él convenció al padre de Nicolás de invertir en una exportación falsa.
Cuando todo cayó, Arturo desapareció con dinero, contratos y documentos.
El esposo de Clara regresó una noche borracho, derrotado, culpándola a ella de no entender los negocios.
Meses después se fue definitivamente.
Arturo Robles fue el primer ladrón que intentó quitarle la hacienda.
Ahora su hija estaba casándose con Nicolás.
—No puede ser casualidad —dijo Clara.
—No lo parece.
Duarte le mostró una fotografía vieja.
En ella, un hombre de bigote levantaba una copa junto al esposo de Clara.
A un lado había una niña de unos ocho años, de vestido amarillo, mirando hacia la cámara con una seriedad impropia de su edad.
Clara reconoció algo en sus ojos.
No la cara.
La mirada.
La misma sonrisa pequeña, controlada, venenosa.
—Ella sabía quién era yo —susurró Clara.
—Desde antes de conocer a Nicolás, probablemente.
El timbre de la entrada sonó antes de que Clara pudiera responder.
Don Eusebio apareció en la puerta.
—Doña Clara, su hijo está afuera.
Detrás de él, en el patio, Nicolás bajaba de un auto blanco.
No venía con traje.
Traía la camisa arrugada, la cara pálida y el cabello desordenado.
En una mano apretaba unas hojas dobladas.
Isabela no estaba con él.
Clara sintió que el corazón le daba un golpe torpe.
—Déjalo pasar —dijo.
Nicolás entró a la cocina como si volviera a una casa que ya no sabía si tenía derecho a pisar.
Miró la mesa, la carpeta, al licenciado Duarte, a su madre.
Por un instante pareció el niño que buscaba permiso después de romper un vaso.
—¿Lo sabías? —preguntó.
Clara no necesitó preguntar a qué se refería.
—Lo supe hace una hora.
Nicolás dejó caer las hojas sobre la mesa.
Eran copias de contratos, mensajes, una transferencia programada a una cuenta en Panamá.
—Ella dijo que era por nosotros —murmuró—.
Que necesitábamos independencia.
Que tú nunca me ibas a dejar crecer.
Clara sintió una tristeza honda, pero no blanda.
—Y tú le creíste.
Nicolás bajó la mirada.
—Sí.
La palabra fue pequeña.
Insuficiente.
Pero real.
—También me creí con derecho —añadió—.
A la hacienda.
A la empresa.
A decidir por ti.
Ayer…
—Se le quebró la voz—.
Ayer te vi salir y no hice nada.
—No es cierto —dijo Clara—.
Sí hiciste algo.