un paso hacia él.
Luego otro.
Se detuvo cerca, lo suficiente para ver la cicatriz de su ceja, las líneas de cansancio junto a sus ojos, la paciencia cuidadosa con que mantenía las manos a los lados.
—Julián.
—Sí.
—Quiero besarte.
Él no se movió.
—¿Estás segura?
Clara pensó en todas las veces que le habían arrebatado decisiones pequeñas: cuándo sentarse, cuándo callar, cuándo trabajar, cuándo tener miedo.
Pensó en la puerta de la 418.
Pensó en Mateo durmiendo tranquilo en su cuarto.
Pensó en su propia voz, cada vez más suya.
—Sí —dijo—.
Pero despacio.
Julián sonrió apenas.
—Siempre.
El beso no fue perfecto.
Fue breve, tembloroso, lleno de pausa.
Clara se apartó primero, con los ojos abiertos y el corazón golpeándole fuerte.
Julián no la siguió.
No pidió más.
No convirtió el momento en conquista.
Solo la miró como si acabara de presenciar algo sagrado.
Clara soltó una risa suave.
—Pensé que iba a sentirme distinta.
—¿Y no?
Ella miró el salón.
El mantel blanco.
La lámpara dorada.
La mesa donde una vez quisieron reducirla a vergüenza.
—Sí —dijo—.
Pero no por el beso.
Julián esperó.
Clara levantó la barbilla.
—Porque esta vez fui yo quien eligió.
Afuera, la ciudad seguía siendo difícil.
Los hombres poderosos seguían existiendo.
Las heridas no desaparecieron por arte de magia.
Pero Clara salió del Hotel Mirador por la puerta principal, con la lluvia lavando las luces de la calle y su hermano esperándola en casa para cenar.
En el bolsillo llevaba una llave nueva.
En el pecho, una calma todavía frágil.
Y en la boca, no la marca de un hombre, sino el sabor limpio de una decisión propia.