cicatrices son advertencias. Que el silencio es ausencia. Que las crisis son desobediencia. Que un expediente puede decir quién merece quedarse y quién no.
Yo aprendí lo contrario de un niño con una mochila de dinosaurios y una perra sorda marcada para morir.
Aprendí que nada vivo se arregla a gritos. Que tocar sin permiso también puede ser violencia. Que a veces salvar a alguien no consiste en enseñarle nuestro idioma, sino en tener la humildad de aprender el suyo.
Y cada vez que Mateo levanta las manos frente a un animal asustado, cada vez que Maya mueve la cola al verlo, cada vez que un niño entra a la Sala Maya y descubre que nadie va a obligarlo a ser diferente para merecer amor, vuelvo a aquel patio de hospital.
Vuelvo a la sirena, al cemento caliente, al arnés rojo con una palabra cruel escrita en marcador.
“No manejable”.
Qué poco entendíamos entonces.
Maya no era inmanejable. Mateo tampoco.
Solo estaban esperando a alguien que dejara de tirar de la correa, bajara la voz y entendiera que el amor, cuando es verdadero, primero pide permiso.