Canceló la Tarjeta de Su Exsuegra y Descubrió un Fraude Oculto

como garantía provisional de la línea de crédito.

Sentí náuseas.

La firma se parecía a la mía lo suficiente para asustar a cualquiera que no me conociera. Pero yo sí me conocía. Mi r tenía una curva distinta. Mi segunda a siempre salía más abierta. Esa firma era una imitación hecha por alguien que me había visto firmar muchas veces, pero no por mí.

Lorena tomó fotos.

—¿Quién gestionó esto? —preguntó.

Nadie respondió.

Miré a Tomás.

—¿Tú firmaste por mí?

Él levantó la cabeza, herido, pero no indignado.

—No.

—Entonces dime quién.

Tomás miró a su madre.

Inés se quitó un guante imaginario, aunque no llevaba guantes.

—No voy a soportar insinuaciones vulgares.

—No son insinuaciones —dijo Lorena—. Son documentos probablemente falsificados.

Uno de los abogados de Inés se aclaró la garganta.

—Nuestro despacho recibió la documentación ya preparada. La señora Altamirano nos contrató para ejecutar la reclamación, no para originar los instrumentos bancarios.

Inés lo fulminó con la mirada.

Ahí hubo otra grieta.

Pequeña.

Suficiente.

Lorena pidió que todos se identificaran. Los policías tomaron datos. Tomás, cada vez más pálido, abrió su folder negro y sacó impresiones.

—Esto me lo mandó Ernesto —dijo—. Son correos internos del banco. La solicitud se hizo desde una sucursal en Santa Fe. La cita fue agendada por Rebeca.

Rebeca.

La asistente de Inés.

La mujer que llevaba años mandándome facturas, coordinando choferes, reservando restaurantes y sonriendo sin mostrar los dientes.

—¿Dónde está Rebeca? —pregunté.

Inés guardó silencio.

Tomás se pasó una mano por la cara.

—No contesta desde anoche.

La mañana se convirtió en una cadena de llamadas. Lorena pidió estados de cuenta, bloqueos preventivos, reportes de buró, folios. Mi contador, Adán, contestó desde una carretera rumbo a Querétaro y casi se salió del coche cuando escuchó la cifra. A las diez, ya teníamos confirmado que la línea de crédito se había usado en tres transferencias: una a una empresa de eventos, otra a una galería de arte y la última a una cuenta personal recién abierta.

La cuenta estaba a nombre de Rebeca Santos.

Inés, al escuchar el nombre, por fin perdió el color.

—Esa mujer me robó —dijo.

—No —respondí—. Esa mujer trabajaba para usted.

—Yo no sabía.

Tomás soltó una risa amarga.

—Mamá.

Inés lo miró con furia.

—No me hables en ese tono.

—¿No sabías que Rebeca usó la firma de Mariana? ¿No sabías que abrió una línea de crédito? ¿No sabías que el dinero pagó tu fiesta de aniversario en San Miguel, el cuadro de Tamayo que presumiste en Navidad y el adelanto de la casa de Valle?

Cada frase fue un golpe distinto.

Yo recordaba esa fiesta. Inés había invitado a ciento veinte personas a un hotel colonial iluminado con velas. Yo no fui. Estaba ya separada de Tomás, viviendo entre cajas y abogados. Vi las fotos en redes: orquídeas blancas, mariachi, vestidos largos, una mesa con mi exsuegra riendo bajo un techo de bugambilias.

Mi dinero falso había pagado esa risa.

—No sabía de dónde salía —dijo Inés, pero su voz ya no tenía filo.

Lorena inclinó la cabeza.

—Esa no es una defensa muy elegante.

Los abogados de Inés empezaron a desmarcarse. Uno dijo que necesitaba llamar a su socio. El otro pidió salir al pasillo. Claudia los acompañó con la misma expresión con la

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