un préstamo para cubrir la nómina durante un trimestre.
Le transferí noventa y dos mil pesos.
Al mes siguiente volvió a necesitar la misma cantidad.
Después apareció una deuda con proveedores.
Luego una mensualidad atrasada de la hipoteca, la colegiatura de Sofía, la reparación de una camioneta y un supuesto ajuste fiscal.
La ayuda temporal se convirtió en una transferencia automática.
Yo podía pagarla porque años atrás había vendido la imprenta que fundé con mi esposo.
También recibía las rentas de dos pequeños locales.
No era rica, pero había trabajado lo suficiente para tener una vejez tranquila.
En lugar de usar ese dinero para reparar el techo de mi casa, viajar o contratar a alguien que me ayudara en la librería, lo enviaba a Sergio.
Él prometía que cada depósito sería el último.
Paula había dejado su empleo para dedicarse a las niñas, aunque Inés ya estaba en la universidad y Sofía pasaba casi todo el día en la escuela.
Mientras yo aplazaba gastos, ella publicaba fotografías de restaurantes, tratamientos de belleza y fines de semana fuera de la ciudad.
Cuando mis amigas me preguntaban, yo lo justificaba.
Sergio estaba atravesando una mala etapa.
Sergio era demasiado orgulloso para expresar gratitud.
Sergio me devolvería el dinero cuando su empresa se recuperara.
No quería reconocer que mi hijo llamaba con mayor frecuencia durante la última semana de cada mes.
Aquella noche, mientras yo intentaba encontrar una postura que no lastimara mis costillas, Sergio se acercó unos pasos.
—Hay otra cosa —dijo—.
¿Podrías adelantar la transferencia? El hotel retendrá una cantidad grande al registrarnos y no quiero que la tarjeta falle.
Lo miré sin responder.
Tenía sangre seca junto al vendaje de la sien.
No podía ponerme de pie sin ayuda.
Aún no sabía cómo entraría al baño de mi casa.
Y mi hijo quería asegurarse de que su llegada al hotel no fuera incómoda.
Durante un instante vi al niño que había dormido abrazado a mí la noche del funeral de su padre.
Recordé sus rodillas raspadas, su graduación y la primera vez que me permitió cargar a Inés.
Después vi al hombre que tenía delante.
No era un desconocido.
Eso habría sido más sencillo.
Era mi hijo, convertido poco a poco en alguien que confundía mi amor con disponibilidad financiera.
—Está bien —dije.
Sergio pareció sorprendido.
—¿Adelantarás el dinero?
—He dicho que está bien.
Váyanse de viaje.
Paula relajó los hombros.
—Sabíamos que terminarías comprendiendo.
—Comprendo mucho más de lo que creen.
No detectaron la diferencia.
Sergio prometió llamar desde el hotel.
Paula dejó el folleto de Casa Serena junto a mi bolso y me aconsejó pensar con madurez en el futuro.
Cuando se marcharon, esperé hasta dejar de escuchar sus pasos.
Después llamé a Mónica Saldívar, mi abogada.
—Estoy en el hospital —le expliqué—.
Necesito revocar cualquier autorización que mi hijo tenga sobre mis asuntos y proteger mi casa.
Mónica dejó de hacer preguntas sociales.
—¿Intentaron que firmaras algo?
—Todavía no.
Miré el folleto.
—Pero llevaban una residencia preparada antes de saber cuándo me darían el alta.
Le pedí que notificara al banco, revisara mis documentos patrimoniales y preparara un fondo independiente para mi cuidado.
Quería que los estudios de mis nietas siguieran protegidos, pero sin que Sergio o Paula administraran un solo peso.
Después llamé a una agencia