cancelar la fecha. Dijo que usted estaba delicada de salud”.
Sentí un frío lento subir por mi espalda.
“¿Eso dijo?”
“Sí. Pero no se preocupe, todavía no hemos dado el espacio. Le pedimos confirmación por escrito y no llegó”.
Abrí mi bolso, saqué mi tarjeta y pagué el anticipo completo.
“La fecha sigue”, dije. “Y nadie puede hacer cambios salvo yo”.
Andrés sonrió.
“Perfecto. ¿Mantenemos el pastel de almendra?”
Por primera vez en días, mi garganta se cerró por algo parecido a la ternura.
“Sí. Y agregue una mesa más”.
No le dije para quién.
La primera señal de que Clara sospechaba llegó dos días después. Me llamó a las ocho de la noche, con esa dulzura falsa que usaba cuando quería algo.
“Doña Inés, solo llamaba para saber cómo está. Mateo me dijo que la notó rara”.
“Estoy bien, Clara”.
“Qué bueno. Es que nos preocupa que se estrese con papeleos, bancos, cosas complicadas. A veces una persona mayor firma sin entender”.
Apreté el teléfono con fuerza.
“Por suerte todavía entiendo bastante”.
Hubo un silencio.
“Claro. Nadie dijo lo contrario”.
Pero alguien sí lo estaba diciendo.
Lo confirmé al lunes siguiente, cuando la licenciada Robles me citó con urgencia. En su escritorio había unas copias que yo no reconocí. Una solicitud para iniciar un proceso de incapacidad administrativa. Un borrador de poder notarial. Un documento donde se sugería que mi edad, mi viudez y mi “conducta impulsiva” me hacían vulnerable para manejar mis bienes.
Al final de una hoja aparecía mi firma.
O algo parecido.
La miré largo rato.
“Esa no es mi firma”, dije.
“Lo sé”, respondió la licenciada. “Por eso la llamé. Una asistente del notario nos avisó porque vio irregularidades. El trámite no avanzó, pero alguien lo preparó”.
“¿Quién?”
La licenciada giró una hoja hacia mí.
Ahí estaba el correo de contacto: Clara.
Sentí que el aire de la oficina cambiaba de peso. No era sorpresa exactamente. Era la confirmación de una sospecha que mi corazón se había negado a nombrar.
“¿Mateo sabía?” pregunté.
“No puedo asegurarlo”.
Esa respuesta era peor que un sí.
Regresé a mi casa con las copias dentro de la bolsa azul. En el camino vi a una niña caminando de la mano de su madre, saltando las grietas de la banqueta como si cada una fuera un río. Recordé a Mateo a los cinco años, con las mejillas llenas de tierra, jurándome que cuando fuera grande me compraría una casa con jardín para que yo no tuviera que trabajar nunca más.
Los hijos prometen desde la inocencia.
Los adultos fallan desde la comodidad.
Esa tarde cambié las cerraduras.
No le avisé a nadie.
También cancelé la autorización de Mateo en mi cuenta de inversión. Modifiqué beneficiarios. Firmé un nuevo testamento. Dejé instrucciones claras sobre mis propiedades y creé, con ayuda de la licenciada Robles, un pequeño fideicomiso para financiar un taller de lectura para mujeres mayores y niños del barrio donde Elena, mi hermana, había trabajado como maestra.
El local de Chapalita, ese que Clara quería vender sin decirlo, sostendría el taller. La casa de Ajijic quedaría como espacio de descanso para viudas de bajos recursos durante algunas semanas al año. Mis ahorros cubrirían mi cuidado, mis decisiones y mi libertad.
Mateo no quedaba fuera de todo.
Pero ya no sería