Brindó Con Su Amante Embarazada Sin Saber Que Todo Estaba Grabado

a Tomás para que no se sintiera menos. Esa mañana, cuando me senté allí, la silla no pareció grande. Pareció mía.

Los ventanales daban a una ciudad gris, lavada por la lluvia. Sobre la mesa había botellas de agua, carpetas cerradas y una pantalla apagada. En el extremo derecho, Paula Arancibia revisaba documentos con dos abogados de su fondo.

Cuando Tomás entró, venía sonriendo.

Llevaba traje gris, corbata azul y una seguridad tan limpia que por un segundo entendí por qué tanta gente le creía. Detrás de él apareció Valeria, con el cabello lacio, labios pálidos y una mano sobre el vientre. Amalia entró al final, envuelta en un abrigo beige, sosteniendo su bolso como si adentro llevara una sentencia.

Tomás se detuvo al verme.

Solo un segundo.

Luego recuperó la sonrisa.

—Clara. No esperaba verte tan temprano.

—Yo sí te esperaba —dije.

Valeria bajó los ojos.

Amalia miró mi silla.

—Ese lugar corresponde al director general —dijo.

—Exacto —respondí.

Tomás dejó escapar una risa suave.

—Amor, no hagamos esto frente a los inversionistas.

—No soy tu amor en esta sala. Soy la fundadora y accionista mayoritaria de Horizonte Salud.

—Por ahora —murmuró él.

Paula levantó la vista.

—Señor Ibarra, antes de cualquier firma queremos aclarar ciertos puntos.

Tomás caminó hacia la pantalla y dejó su folder negro sobre la mesa.

—Por supuesto. Todo está en orden.

Inés entró entonces.

No golpeó la puerta. No pidió permiso. Caminó hasta mi lado y colocó la carpeta roja frente a Tomás.

—Nada está en orden.

La sonrisa de mi marido se tensó.

—¿Quién es usted?

—Inés Aldama. Abogada de la señora Clara Montes. Esta mañana presentamos una solicitud de suspensión preventiva sobre las cesiones societarias que usted pretende ejecutar.

Tomás me miró con una mezcla de fastidio y burla.

—Clara, ¿de verdad vas a montar un berrinche legal porque no aceptas una transición administrativa?

—No es una transición —dije—. Es fraude.

La palabra cayó pesada.

Valeria se llevó una mano al collar. Amalia enderezó la espalda.

—Cuidado con lo que dices —dijo mi suegra—. Las acusaciones también tienen consecuencias.

—Lo sé —respondí—. Por eso traje pruebas.

Eduardo conectó su computadora a la pantalla.

Aparecieron las transferencias.

Fechas. Montos. Empresas. Firmas digitales. Rutas de aprobación.

Tomás no miró la pantalla al principio. Miró a Eduardo, como si intentara recordar si podía comprarlo, intimidarlo o despedirlo.

—Pagos de operación —dijo.

—A empresas sin contrato activo —respondió Eduardo—. Constituidas por la misma gestora. Con domicilio fiscal en una casa abandonada de Naucalpan.

Paula se inclinó hacia sus abogados.

Valeria respiró hondo.

—Yo no sé nada de eso.

Eduardo cambió de diapositiva.

Apareció un acta constitutiva. El nombre de la gestora estaba resaltado: Marta Ríos Salgado.

—Tu tía —dije.

Valeria apretó los labios.

Tomás levantó una mano.

—Esto es absurdo. Clara está mezclando asuntos personales con operaciones de la compañía.

—Hablemos entonces de operaciones —dijo Inés.

Sacó una hoja ampliada y la deslizó al centro de la mesa.

Era mi supuesta firma.

Tomás la vio apenas.

—Ella firmó.

—No —dije.

Tomé una pluma y firmé en una hoja blanca. Luego empujé la hoja hacia Paula.

—Mi firma tiene una pausa en este trazo. Siempre. La falsificada no.

Amalia soltó una risa seca.

—Qué conveniente.

La puerta se abrió otra vez.

Entró el perito grafoscópico con un

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