Nueve días después de dar a luz, Mariana Robles creyó que iba a morir sobre el tapete blanco del cuarto de su hija mientras su esposo cerraba una hielera y se quejaba de que ella estaba arruinándole el cumpleaños.
No fue una frase dicha en medio de un ataque de nervios.
No fue una reacción torpe de alguien que no entendía la gravedad.
Diego Rivas la miró en el piso, miró la sangre extendiéndose bajo sus piernas, escuchó el llanto de Alma en el moisés y aun así eligió la maleta.
—Si tanto estás sangrando, ponte una toalla grande y deja de arruinarme la salida —dijo, como si hablara de una copa derramada.
Mariana estaba sentada en el piso del cuarto de bebé, con la espalda apoyada contra la base de la cuna y la mano derecha apretada sobre el vientre.
El cuerpo todavía no le pertenecía del todo.
Había parido por cesárea de emergencia, dormía en fragmentos de veinte minutos, olía a leche, sudor y antiséptico, y caminaba por el departamento como si cada paso tuviera espinas escondidas.
Pero esa tarde el dolor se había vuelto distinto.
No era el ardor de los puntos ni el peso normal del puerperio.
Era una oleada tibia y constante que le bajaba por las piernas, una debilidad que le nublaba los bordes de la vista, una presión baja que le dejaba la boca seca.
Al principio pensó que podía controlarlo.
Se cambió una toalla.
Luego otra.
Luego se paró con cuidado para tomar agua y tuvo que agarrarse de la cómoda porque el cuarto giró.
Alma, envuelta en una manta amarilla, empezó a llorar.
—Ya voy, mi amor —susurró Mariana.
Dio dos pasos hacia el moisés y entonces sintió cómo el cuerpo le fallaba.
No se desmayó por completo.
Cayó de rodillas, se sostuvo del barandal de la cuna y acabó sentada en el tapete que Estela, su suegra, había elegido semanas antes.
Estela había insistido en decorar el cuarto.
Decía que Mariana no sabía combinar colores, que el gusto no se improvisaba, que una niña Rivas debía llegar a una habitación luminosa y elegante.
El tapete era de lana clara, casi blanco, un objeto absurdo para una casa con un recién nacido.
En ese momento, el blanco empezó a oscurecerse.
—Diego —llamó Mariana, tratando de que la voz no se quebrara—.
Ven, por favor.
Desde la recámara principal se escuchó el cierre de una maleta.
Luego el golpe de una puerta de clóset.
Luego la voz de Diego, impaciente.
—¿Qué pasó ahora?
Apareció en el marco de la puerta con una camisa de lino azul, lentes de sol sobre el cabello y un reloj nuevo en la muñeca.
Llevaba una botella de mezcal envuelta en papel dorado y sonreía hacia su celular, como si estuviera revisando cómo se veía para una foto.
—Necesito ir a urgencias —dijo Mariana—.
Estoy sangrando mucho.
Me siento débil.
Diego bajó la vista al piso.
La mancha todavía no era enorme, pero era imposible no verla.
Su expresión se tensó durante un segundo.
Mariana alcanzó a notar miedo en sus ojos.
Lo vio nacer y morir casi al mismo tiempo.
—Mi mamá dijo que después del parto todas sangran —contestó él—.
No eres la primera mujer en tener una hija.
—No es normal.
No puedo levantarme.