En 1994, mi mamá me mandó a pedirle a mi tía un puñito de maíz, pero ella me entregó un costal entero de veinte kilos. Cuando mi madre lo abrió y encontró lo que venía escondido dentro, cayó de rodillas como si el piso acabara de desaparecer bajo sus pies.
Yo tenía once años ese diciembre. Era lo bastante grande para saber que el hambre no solo duele en el estómago, sino también en la dignidad. Pero aún era una niña, y una parte de mí seguía creyendo que una olla llena, unas tortillas calientes y una tarde sin miedo podían arreglar cualquier desgracia.
Vivíamos en las afueras de San Martín, un pueblo seco de Oaxaca donde las casas parecían levantadas con paciencia y remiendos. La nuestra tenía techo de lámina, paredes de adobe cuarteadas y una puerta que mi mamá cerraba cada noche con un alambre torcido. Cuando el viento soplaba, la casa entera gemía como una persona cansada.
Desde que mi padre, Julián, desapareció camino al norte, todo se volvió más pequeño.
La mesa.
La comida.
La voz de mi madre.
Él había salido con otros hombres del pueblo buscando trabajo. Prometió volver antes de las lluvias con dinero para reparar el techo y comprarle zapatos a mi hermano Tomás, que caminaba con los dedos asomándose por la punta. Pero las lluvias llegaron, pasaron, volvió el frío, y de mi padre solo regresaron rumores.
Unos dijeron que se había enfermado.
Otros, que lo habían asaltado.
Mi abuelo Evaristo dijo que Julián nos había abandonado.
Mi mamá nunca le creyó del todo, pero tampoco tenía pruebas para defender su fe. En esos años, una mujer pobre no podía discutirle mucho a un hombre mayor con tierras, apellido y voz fuerte. Menos aún si ese hombre era su suegro y si todo el pueblo lo saludaba con respeto.
Mi madre, Rosario, se quedó sola con tres hijos y una pobreza que se sentaba con nosotros a la mesa. Al principio lavaba ropa ajena, molía nixtamal para vecinas, limpiaba gallineros. Después las deudas crecieron como maleza. Primero vendió sus aretes de boda. Luego el rebozo bordado que le había regalado su madre. Finalmente vendió la cama grande y empezó a dormir sobre petates con nosotros.
La comida dejó de ser comida y se volvió cálculo.
Un puño de frijol rendido en demasiada agua.
Tortillas partidas en cuatro.
Quelites recogidos cerca del arroyo.
Chile molido para engañar la boca.
A veces mi mamá decía que no tenía hambre. Yo la veía beber agua y entendía que mentía para que Tomás comiera un poco más.
Aquella mañana la encontré frente al bote de metal donde guardábamos el maíz. Estaba inclinada, metiendo una taza hasta el fondo. El sonido del metal raspando el vacío me despertó más que cualquier grito.
No salió ni media medida.
Mi hermana Inés, de nueve años, estaba sentada en el petate, peinando con los dedos una muñeca sin brazo. Tomás, de seis, abrazaba sus rodillas y miraba la olla apagada como si esperara que de pronto alguien hiciera un milagro.
Mi mamá no lloró.
Eso fue lo que me asustó.
Había llorado muchas veces en silencio, de noche, pensando que no la oíamos. Pero esa mañana tenía la cara seca y quieta, como si ya no le quedara agua