La primera vez que me probé el vestido pensé en mi padre.
No en la ceremonia, no en las flores, no en la foto perfecta.
Pensé en la forma en que él habría sonreído al verme acomodarme el encaje con torpeza, intentando parecer tranquila cuando por dentro era un enjambre entero.
—Te queda como si lo hubieran cosido para ti —dijo la modista, con una cinta métrica colgándole del cuello.
Sonreí por educación.
El atelier estaba lleno de luz dorada, espejos altos y un perfume delicado a gardenias que flotaba entre las telas como si el lugar quisiera convencer a cualquiera de que el amor también podía comprarse por cita privada.
A un lado, sobre un sillón de terciopelo, estaba mi futura suegra, Beatriz Lleras, impecable en un conjunto color marfil.
Las manos cruzadas.
La espalda recta.
La sonrisa exacta.
A su lado, Julián, mi prometido, me miraba con esa expresión suave que durante un año y medio me había parecido refugio.
—Te vas a desmayar cuando la veas caminar hacia el altar —dijo una asesora, coqueteando con la escena.
Julián se rió.
—Yo me desmayé desde que dijo que sí.
Todas sonrieron.
Yo también.
Era fácil creerle a Julián cuando hablaba así.
Tenía el tipo de voz que no levantaba sospechas, el tipo de paciencia que desarma, el tipo de atención que le hace creer a una mujer cansada que por fin encontró a alguien que no quiere competir, corregirla ni usarla.
Yo tenía treinta y cuatro años, un trabajo exigente en auditoría de cumplimiento financiero y la costumbre de no delegar nada.
Había aprendido a vivir sola desde los veintidós, cuando enterré a mi padre y heredé no sólo su pequeño departamento del centro de la ciudad, sino también la sensación constante de que la seguridad no se regala: se administra.
Por eso Julián había parecido una excepción.
No me presionaba.
No invadía.
No preguntaba demasiado sobre mis cuentas ni sobre la herencia.
Sabía esperar.
Sabía escuchar.
Sabía besar en la frente a una mujer el día que vuelve agotada de revisar contratos, facturas, declaraciones y estructuras societarias diseñadas para esconder dinero sucio bajo nombres decentes.
Sabía exactamente qué máscara ponerse.
Ese día, en el atelier, todavía no lo sabía yo.
La modista terminó el ajuste del vestido y me indicó que pasara al probador para ponerme los tacones con los que caminaria hasta el altar.
Asentí, levanté apenas la falda para no tropezar y entré detrás de una cortina gruesa de terciopelo azul oscuro.
El probador era pequeño, silencioso, casi teatral.
Había una tarima circular, un espejo de cuerpo entero y una banquita tapizada en crema donde me esperaba la caja de los zapatos.
Abrí la tapa.
Eran de satén, color perla, con un tacón fino y un broche discreto.
Hermosos.
Lo bastante hermosos para que una mujer distraída por la emoción no notara que está caminando hacia una emboscada.
Me senté y me quité los zapatos de calle.
Había alcanzado a meter un pie en el primer tacón cuando escuché la voz de Beatriz al otro lado de la cortina.
No estaba lo bastante lejos.
Tal vez creyó que la música cubriría el tono.
Tal vez la costumbre de salirse siempre con la suya la volvió descuidada.
—¿Estás completamente seguro de que no ha revisado nada?