Me Llamaron Parásito Hasta Que Llegó El Sobre Oficial

El golpe sonó antes de que el dolor.

Durante una fracción de segundo solo escuché el chasquido seco, como si alguien hubiera partido una rama demasiado cerca de mi oído.

Luego vino el ardor.

Después, el sabor del hierro llenándome la boca.

Me llevé la mano a los labios y vi sangre en mis dedos.

Cuando pasé la lengua por los dientes, encontré el hueco.

—¿Ya entendiste o necesitas otro? —rugió Néstor.

Estaba a menos de un metro de mí, ancho, enrojecido, con el pecho subiendo y bajando como si el furioso fuera él y no yo, que acababa de perder un diente por negarme a entregar mi sueldo.

La cocina-comedor quedó en silencio solo un instante.

El televisor del fondo seguía encendido.

El ventilador giraba con un zumbido bajo.

Afuera, un vendedor de pan pasó gritando una oferta que me pareció absurda, imposible, como si el mundo no tuviera derecho a continuar tan normal mientras a mí se me desmoronaba algo dentro de la cara.

—Te estoy hablando, Laura —dijo Néstor, clavándome el dedo en el hombro—.

Tu hermana necesita ese dinero.

Yo apreté una servilleta contra mi boca por puro reflejo.

No respondió él.

Respondió mi madre.

—No uses esas —dijo Teresa, arrebatándome la caja—.

Son para las visitas.

Luego, con una calma escalofriante, empujó con la punta de la sandalia un trapo grisáceo que había usado esa misma mañana para limpiar el piso del patio.

—Usa eso.

Irina soltó un suspiro fastidiado desde el sofá.

—Mamá, dile que se quite de la luz.

Mi filtro se ve horrible con ese desastre atrás.

Tenía el teléfono alzado, la cara ladeada, el cabello recién planchado cayéndole sobre un hombro.

Llevaba una blusa que yo había pagado.

Unas uñas que yo había pagado.

Un plan de datos que yo había pagado.

Y me miraba como si la que sobrara en esa casa fuera yo.

Me agaché por el trapo.

No porque aceptara su humillación.

Porque en ese instante entendí que cualquier palabra que dijera iba a caer en el mismo pozo donde se habían podrido todos mis intentos de explicar, conciliar, justificar o pedir un mínimo de decencia.

Néstor se sirvió agua sin dejar de mirarme.

—Antes de medianoche —dijo—, me transfieres todo tu sueldo.

Si no, mañana mismo llamo a tu jefe.

Ya te acomodé una vez en esa empresa, también puedo sacarte.

No era del todo mentira.

Había sido amigo de alguien del área administrativa y le gustaba usar ese detalle como si yo no hubiera pasado entrevistas, exámenes y meses doblando turnos para conservar el puesto.

Mi madre tomó el vaso y se lo puso en la mano con una sonrisa casi tierna.

—No te alteres —le dijo a él—.

Esta muchacha siempre fue malagradecida.

Luego me miró por encima del hombro.

—Los parásitos deben obedecer al cuerpo que los mantiene con vida.

Yo tenía veintiocho años, trabajaba desde los diecinueve, pagaba la mayor parte de las cuentas de esa casa y había cubierto durante cuatro años los gastos de mi hermana menor.

Pero en la historia que ellos contaban a los vecinos, a los parientes y a sí mismos, yo era una carga con empleo.

Irina chasqueó la lengua.

—Deberías darme la clave de tu banca y ya.

Qué flojera discutir por algo tan obvio.

—Estás

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