Tomás soltó una carcajada a los doce minutos de la audiencia de divorcio.
No fue un gesto de nervios. Fue una risa ancha, confiada, perfectamente colocada para que la escucharan la jueza, los abogados, los curiosos del fondo y, sobre todo, yo. Tenía la espalda recta, el nudo de la corbata impecable y esa seguridad ofensiva de los hombres que confunden costumbre con derecho. Frente a la jueza Lucía Ferrer, en una sala llena del Palacio de Justicia de Monterrey, pidió la mitad de Ámbar Norte y acceso al Fideicomiso Mistral, el patrimonio que mi padre había blindado años antes de morir.
Detrás de él estaban mi madre, Ofelia, y mi hermano Iván. Sonreían como si hubieran llegado a ver el final de una obra que ellos mismos habían financiado. Yo alcancé a mirar sus caras solo un segundo, pero fue suficiente. Mi madre llevaba un traje perla y los labios apretados con satisfacción. Iván cruzaba y descruzaba una pierna con ese temblor ansioso que siempre le aparecía cuando apostaba dinero ajeno. Los dos pensaban que por fin me iban a doblar.
No sabían que yo llevaba meses dejando de ser doblable.
Ámbar Norte no había nacido de un golpe de suerte ni de un marido brillante, como Tomás estaba insinuando con voz pulida ante la jueza. La empresa empezó en una bodega caliente, con paredes manchadas de yeso, un montacargas que fallaba cada dos semanas y un escritorio viejo que había pertenecido a mi padre. Fabricábamos empaques especializados para laboratorios y hospitales. Al principio solo éramos siete personas y un contrato diminuto que casi se cayó tres veces antes de firmarse. Ocho años después, la compañía abastecía a tres estados y estaba valuada en casi diez millones de dólares.
Mi padre, Sergio Cárdenas, alcanzó a ver solo el comienzo. Antes de morir dejó organizado el Fideicomiso Mistral, que incluía la bodega original, inversiones conservadoras y una casa antigua en San Pedro que mi madre siempre había querido vender para mudarse a algo más vistoso. Él me dijo una noche, mientras revisábamos planos sobre una mesa de metal, que el dinero podía perderse, la empresa podía caer y la gente podía decepcionar, pero la protección bien hecha era una forma de amor. También me dijo otra cosa, una frase que me volvió a la cabeza en la peor etapa de mi matrimonio: —Nunca uses lo que es tuyo para comprar afecto.
Cuando él murió, mi madre lloró con una elegancia impecable y a la semana siguiente me sugirió vender la bodega. Decía que era una locura seguir con algo tan duro, tan masculino, tan poco apropiado para una mujer sola. Yo no le hice caso. Trabajé dieciséis horas al día, aprendí lo que no sabía, me equivoqué sin testigos y seguí adelante. Fue en medio de una disputa contractual con un proveedor cuando conocí a Tomás Urrutia. Tenía reputación, presencia y una manera casi hipnótica de hablar. No parecía intimidado por una mujer que había levantado una empresa sin heredarle el mando a ningún hombre. Al contrario, parecía admirarlo.
Durante el noviazgo me repitió varias veces que jamás pondría la mano sobre lo que mi padre me había dejado. Hablaba de respeto, de orden, de independencia. Incluso insistió en que mantuviéramos cuentas separadas y papeles claros. Yo lo interpreté como