En el velorio de mi esposo, mi sobrina me metió una llave en el bolsillo y me susurró algo que me dejó helada.
No fue el ataúd abierto lo que me hizo sentir que algo andaba mal. Tampoco fue el olor de las flores, ni el murmullo cansado de la gente que se acercaba a darme palmadas en el hombro como si el dolor pudiera acomodarse con frases repetidas.
Fue la forma en que mi familia evitaba mirarme.
Yo estaba junto al cuerpo de Tomás Rivas, mi esposo durante treinta y nueve años, tratando de sostenerme sin apoyar la mano en el ataúd, cuando Lucía apareció entre los adultos como una sombra pequeña. Era la hija de mi cuñado fallecido, la niña que Tomás había querido como sobrina y casi como nieta. Tenía doce años, un vestido azul oscuro y los ojos hinchados de llorar.
Se acercó despacio, mirando hacia atrás antes de llegar a mí.
“Tía Alba”, murmuró.
La abracé con un brazo, porque con el otro sostenía un pañuelo empapado. Lucía se pegó a mi pecho apenas un segundo. Al separarse, sentí que algo caía dentro del bolsillo de mi abrigo negro.
Su boca quedó cerca de mi oído.
“Mi tío me dijo que le diera esto si él no volvía a la casa”.
Luego bajó la mirada y se fue.
Me quedé inmóvil.
No pregunté. No la llamé. Hundí la mano en el bolsillo y toqué una llave pequeña, fría, amarrada a un hilo rojo. También había un papel doblado en cuatro partes. Lo apreté con los dedos, mirando alrededor.
Mi hijo mayor, Darío, estaba al otro lado de la sala, hablando con el encargado de la funeraria. Su traje gris no tenía una sola arruga. Su rostro, siempre correcto, parecía una pared recién pintada: limpio, liso, imposible de leer.
Mi nuera Renata hablaba por teléfono junto a una corona de rosas blancas. Samuel, mi hijo menor, se movía de un lado a otro sin terminar de acercarse a nadie. La hermana de Tomás, Inés, rezaba sentada en la primera fila, pero sus labios no se movían.
Todos parecían esperar algo.
Me di la vuelta hacia un arreglo grande de lirios y abrí el papel con los dedos temblorosos.
La letra era de Tomás. Un poco inclinada, apretada, como cuando escribía con prisa.
Alba, no creas que fue mi corazón.
Por un instante, el ruido de la funeraria desapareció.
Tomás había muerto, según el certificado, por un infarto mientras dormía. Yo lo encontré en la cama a las cinco y media de la mañana, frío, con una mano cerrada sobre la sábana. La ambulancia llegó tarde. El médico habló de edad, estrés, antecedentes. Nadie hizo preguntas. Yo tampoco. Estaba demasiado rota para entender.
Seguí leyendo.
No firmes nada que te traiga Darío. Busca la caja 218. La verdad está donde guardé mi reloj viejo.
Tuve que apoyar una mano en el borde de una mesa.
Darío.
Mi hijo.
El niño que de pequeño se escondía detrás de mis faldas cuando tronaba. El joven ambicioso que se había ido de casa jurando que nunca viviría como nosotros. El hombre que llevaba años insistiendo en que vendiéramos la casa familiar porque, según él, era demasiado grande para dos viejos.
Levanté la mirada justo cuando venía hacia mí.
“Mamá”, dijo