Mi abuelo me encontró bajo la lluvia con mi bebé recién nacido apretado contra el pecho, empujando una carriola rota mientras el coche que él había comprado para mí brillaba en la cochera… detrás de mi prima.
La escena duró apenas unos segundos, pero en esos segundos mi vida dejó de obedecer las reglas de mi madre.
Yo iba caminando por la acera, con los zapatos empapados y la cicatriz del parto tirándome a cada paso. Una rueda de la carriola se había doblado contra una piedra al salir de la farmacia. Ya no rodaba; raspaba el pavimento con un quejido metálico que me hacía apretar los dientes.
Mateo dormía contra mi pecho, tibio y pequeño, envuelto en una manta azul que ya estaba húmeda en las esquinas. Tenía tres semanas de nacido. Tres semanas de oler a leche, de respirar como un pajarito, de cerrar la mano alrededor de mi dedo como si confiara en mí más de lo que yo confiaba en el mundo.
Había salido porque se nos acababa la fórmula.
Eso no debía pasar. Mi abuelo Esteban había dejado dinero suficiente para que yo no tuviera que preocuparme por nada durante los primeros meses. También había comprado un coche blanco, seguro, amplio, a mi nombre, para que pudiera llevar a Mateo a sus citas médicas sin depender de nadie.
Pero en la casa de mi madre las cosas nunca eran como estaban escritas.
—Inés tiene una entrevista importante —me había dicho mi madre esa tarde, sin levantar la vista de su taza de café—. Tú puedes ir caminando. No te queda tan lejos.
—Mamá, está lloviendo.
—No exageres, Valeria. Antes las mujeres parían y al día siguiente ya estaban trabajando.
Mi prima Inés apareció en la cocina con las llaves girando en un dedo. Llevaba mis lentes de sol puestos sobre la cabeza, mis lentes, aunque jamás se lo reclamé.
—Además, no te conviene manejar cansada —dijo, sonriendo—. Acuérdate de que ya eres mamá. Hay que ser responsable.
Responsable.
Esa palabra había sido usada tantas veces contra mí que ya no significaba nada. Si pedía las llaves, era irresponsable. Si preguntaba por mi dinero, era interesada. Si lloraba, estaba sensible. Si me callaba, entonces todo estaba bien.
Así que tomé la carriola, acomodé a Mateo contra mi pecho, salí con la bolsa de pañales y caminé.
La farmacia estaba a quince minutos en coche. Caminando, bajo la lluvia, con una carriola rota y el cuerpo todavía recuperándose, se convirtió en una hora de vergüenza.
Al regresar, el frío se me había metido hasta las costillas. Tenía los dedos entumecidos alrededor del manubrio. Cada respiración me ardía. Iba contando los pasos para no llorar en plena calle.
Entonces escuché un motor bajar la velocidad a mi lado.
Un sedán gris oscuro se detuvo junto a la banqueta. El vidrio trasero bajó con suavidad.
Primero vi el bastón de madera apoyado contra el asiento. Luego el perfil severo de mi abuelo.
Esteban Robles no era un hombre alto, pero la gente se hacía pequeña cuando él entraba en una habitación. Tenía el cabello plateado, la mandíbula firme y una manera de mirar que no necesitaba preguntas para encontrar respuestas.
—Valeria —dijo.
Yo me enderecé como pude.
—Abuelo.
Su mirada bajó a Mateo. Se detuvo en la manta húmeda.