La echaron con su bebé, pero olvidaron quién tenía la escritura

El bebé tenía cuarenta y ocho horas de nacido cuando vi a Alma Rojas encogida de frío en la banqueta frente a la salida lateral del Hospital San Gabriel.

Por un instante pensé que me había equivocado de persona.

La mujer sentada ahí, con una bata de hospital arrugada, el cabello húmedo pegado a las mejillas y los pies descalzos sobre el concreto helado, no podía ser la sobrina que yo había visto crecer desde los nueve años.

Pero sí era.

Alma levantó la cara cuando escuchó mi voz, y el golpe fue peor por eso.

La reconocí en sus ojos apagados, en la forma en que abrazaba al niño como si su propio cuerpo fuera la última pared entre él y el mundo.

Yo había llegado a la clínica con un ramo de flores, una manta de lana amarilla y la sillita del auto lista para instalar.

Se suponía que iba a entrar a una habitación tibia, sonreír, hacer bromas torpes sobre mi debut como tío abuelo y prometerle, una vez más, que no importaba cuántas veces la vida le hubiera soltado la mano: yo seguía ahí.

En cambio, la encontré afuera.

Descalza.

Temblando.

Con su hijo de dos días respirando contra su pecho.

—Alma —dije, dejándolo todo en el suelo para cubrirla con mi abrigo—.

¿Qué demonios pasó?

No me contestó enseguida.

Se dejó ayudar hasta la camioneta como si se moviera por puro reflejo.

Le envolví los pies con mi bufanda, subí la calefacción al máximo y recién entonces miré al bebé.

Dormía.

Le toqué una mejilla.

Estaba tibio.

No lo suficiente como para quedarme tranquilo, pero sí para saber que todavía no era tarde.

Alma miró el tablero empañado y soltó una frase que me heló más que la tarde de enero.

—Tío, no me hagas volver allá.

—¿Volver a dónde? —pregunté, aunque ya sentía un mal presentimiento metiéndoseme en el pecho—.

¿Dónde está Iván?

Al escuchar el nombre de su esposo, Alma apretó la manta alrededor del bebé.

No lloró.

Ni siquiera hizo un gesto.

Sólo desbloqueó el teléfono y me lo puso en la mano.

Había un mensaje.

No vuelvas.

Mi madre cambió la cerradura.

Tus cosas están afuera.

Y si intentas pedirme dinero o pelear por el niño, voy a demostrar que no estás en condiciones de cuidarlo.

Por un momento sólo oí el ruido de la calefacción.

Luego sentí cómo la rabia me subía desde el estómago hasta la garganta.

Porque el departamento de Alma no era un lugar que Iván pudiera quitarle como si nada.

Cuando ella cumplió veinticinco años, yo vendí el viejo local de repuestos de mi padre y le compré un departamento pequeño en el centro de Santa Lucía de la Sierra.

Lo hice por una razón muy simple: después de enterrar a mi hermana y a mi cuñado con menos de seis años de diferencia, entendí que a esa muchacha podían faltarle muchas cosas, pero nunca más un techo propio.

La escritura estaba sólo a su nombre.

Nadie más figuraba ahí.

Nadie.

Alma empezó a contarme lo que había pasado con una voz tan baja que tuve que inclinarme para oírla.

Iván debía recogerla al mediodía, pero media hora antes le escribió diciendo que se había complicado en el trabajo y que le había pedido un auto

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