Su esposo la obligó a abortar a su propio hijo para poder perseguir a otra mujer.
Ella huyó embarazada.
Siete años después, volvió con gemelos y con un plan para hacerlo pagar.
La noche en que Aaradhya Mehta dejó su casa, la lluvia caía con una furia que parecía entenderla.
El cielo estaba partido por relámpagos, las ventanas temblaban y el camino de piedra frente a la villa brillaba como una herida abierta bajo las luces amarillas del jardín.
Ella llevaba una maleta pequeña en una mano y la otra apretada contra su vientre.
No caminaba rápido porque cada paso le dolía.
No corría porque su cuerpo ya no le obedecía.
Pero seguía avanzando, con la respiración rota y los ojos llenos de lágrimas que la lluvia escondía.
Dentro de aquella casa quedaba todo lo que había creído amar.
Quedaban los retratos de boda.
Quedaba la habitación que había decorado con ilusión.
Quedaba la mesa donde una vez habían desayunado riendo.
Quedaba el hombre que, unas horas antes, la había mirado sin emoción y le había pedido que se deshiciera de la vida que crecía dentro de ella.
Rohan Mehta no gritó cuando se lo dijo.
Eso fue lo más cruel.
No hubo rabia, no hubo desesperación, no hubo una discusión torpe nacida del miedo.
Lo dijo con calma, como quien pide cancelar una cita o cambiar una reserva.
«Abortalo.
No quiero ese hijo.
Tengo una gran oportunidad delante de mí.
Necesito ser libre».
Aaradhya lo había mirado esperando encontrar una grieta, un rastro del hombre que la había tomado de la mano en su boda y le había prometido protegerla de todo.
Pero frente a ella solo estaba un desconocido con traje caro, mirada fría y ambición suficiente para vender su alma sin pestañear.
—Es tu hijo —le dijo ella, con la voz temblando—.
¿Cómo puedes hablar así?
Rohan se sirvió más agua, como si la conversación lo aburriera.
—Será un obstáculo.
Yo no puedo permitirme obstáculos ahora.
Aaradhya entendió entonces que no hablaban de miedo a la paternidad.
No hablaban de dinero.
No hablaban de tiempos difíciles.
Hablaban de otra mujer.
Nisha Malhotra, hija de un poderoso magnate inmobiliario, había entrado en la vida de Rohan como entran las tentaciones en los corazones débiles: con brillo, promesas y una puerta abierta hacia un mundo más alto.
Su padre buscaba un yerno inteligente, educado, manejable, alguien capaz de sentarse en una junta y sonreír para las cámaras.
Rohan quería ser ese hombre.
Y Aaradhya, embarazada, casada con él y todavía creyendo en el amor, se había convertido para él en un problema incómodo.
—¿Y yo? —preguntó ella—.
¿Qué soy para ti?
Él la miró apenas.
—Una complicación.
Esa palabra la rompió de una forma silenciosa.
No hizo falta que él la empujara hacia la puerta.
No hizo falta que la echara oficialmente.
En ese instante, Aaradhya supo que si se quedaba, su hijo crecería bajo el desprecio de un hombre que ya lo consideraba una carga.
Lo que Rohan no sabía era que no era un hijo.
Eran dos.
Ella había escondido el informe de ultrasonido en el fondo de un cajón, esperando encontrar el momento perfecto para darle la noticia.
Había imaginado sorpresa, lágrimas, una mano sobre su vientre, una promesa suave.
En cambio, guardó aquel papel como