Regresé a casa convencida de que nada podía sorprenderme después de trece horas revisando un caso de desvío de activos.
Mi trabajo me había acostumbrado a ver cómo se desmoronan las personas cuando creen que nadie está mirando.
Por eso, aquella tarde de viernes, lo único que quería era quitarme los tacones, meterme a la ducha y dormir un rato antes del ensayo de la boda.
Pero al doblar por mi calle vi un camión de mudanza bloqueando la entrada de mi cochera.
Era enorme, blanco, con la plataforma todavía abajo y dos hombres subiendo cajas como si llevaran horas instalados ahí.
Mi primera reacción fue pensar que el chofer se había confundido de dirección.
Mi segunda reacción llegó apenas tres segundos después, cuando reconocí a Álvaro junto al remolque, sudando bajo la camisa azul, cargando una lámpara con base de mármol que yo había visto antes en casa de su madre.
Me detuve frente a mi propia puerta sin bajar del auto.
Había cajas con etiquetas hechas a mano.
Había maletas.
Había un espejo envuelto en mantas.
Había una mesa lateral, un perchero y una planta descomunal que jamás habría pasado desapercibida.
No era una visita improvisada.
No era una ayuda temporal.
Era una mudanza completa.
Álvaro me vio, dejó la lámpara en el piso y se acercó sonriendo con un alivio demasiado ensayado.
—Pensé que llegarías más tarde.
Ni siquiera me molesté en responder esa frase.
—¿Por qué están metiendo la casa de tu madre en la mía?
A su espalda, uno de los cargadores pasó con una caja que decía OFELIA.
ROPA DE INVIERNO.
Álvaro se frotó la frente.
—Hubo un problema con el departamento.
Fue muy rápido.
No tenía adónde ir.
—¿Qué problema?
—Una mezcla de malas decisiones de la administradora y un asunto con pagos.
Nada que no pueda arreglarse.
Solo necesitamos unos días.
Cuando alguien dice nada que no pueda arreglarse, normalmente quiere decir que ya no lo puede arreglar.
Yo no trabajo con intuiciones románticas.
Dirijo una firma de auditoría patrimonial.
Mi oficio consiste en seguir rastros, fechas, firmas, cuentas y contradicciones.
Por eso, mientras Álvaro hablaba, yo no escuchaba sus palabras.
Escuchaba los huecos entre ellas.
—¿Dónde está tu madre? —pregunté.
—Arriba.
Se está acomodando.
Subí las escaleras sin esperar otra explicación.
La puerta de mi habitación estaba abierta.
Mis bolsas de viaje estaban arrinconadas en el pasillo.
Una caja con zapatos y otra con carpetas personales descansaban contra la pared, como si ya hubieran decidido que mi vida ocupaba demasiado espacio en un lugar que me pertenecía.
Ofelia estaba en el vestidor.
Llevaba uno de sus conjuntos impecables de lino, el cabello perfectamente sujeto y una expresión de fastidio administrativo, como si estuviera corrigiendo una torpeza ajena.
Sacaba mis prendas de un lado del clóset y las dejaba sobre una silla.
En la cama había una de mis agendas, dos portarretratos y la pluma antigua de mi padre, la que yo guardaba siempre en el tocador.
—Qué bueno que llegaste —dijo sin saludarme—.
Necesito este lado porque mis cosas son más delicadas.
Y dile a la muchacha que limpie mejor los burós.
Marina, mi empleada doméstica, estaba junto a la cómoda con los ojos clavados en el suelo.
Sentí primero frío y luego una claridad brutal.
—¿Qué está haciendo usted con