Cuando Diego abrió la puerta de su casa, no fue la fiebre de su hijo lo que más lo sacudió.
Fue la calma.
La calma insoportable con la que su madre tomaba café mientras Mariana sostenía sola el peso de una casa desbordada, un niño enfermo y varios días sin dormir.
Cinco días antes, Diego se había ido a Monterrey para asistir a una feria nacional de materiales y gestión de obra. No era un viaje de placer. Era de esos compromisos que uno acepta con la promesa silenciosa de que todo esfuerzo traerá algo mejor después. Su empresa estaba evaluando ascenderlo a un puesto regional, y ese viaje formaba parte de las conversaciones. Había reuniones, cenas incómodas, presentaciones largas y tarjetas de presentación que terminaban en los bolsillos del saco. Durante toda la semana, Diego se repitió lo mismo: aguanta, vuelve a casa, descansa con los tuyos.
Lo que más extrañaba era el ruido cotidiano. La risa de Leo cuando corría por la sala con un calcetín en la mano. La costumbre de Mariana de dejarle una taza de café tapada aunque ya estuviera tibia. El desorden vivo de una casa habitada por gente que se quiere.
En el camino de regreso hasta Puebla, incluso sonrió solo al imaginar el momento de entrar, dejar la maleta junto a la puerta y sentir a Leo lanzarse a sus piernas.
Pero apenas metió la llave, escuchó un llanto débil.
—Papá…
La voz de su hijo no tenía fuerza. Diego sintió un tirón en el estómago y caminó rápido hacia la cocina.
Ahí encontró una escena que no iba a olvidar.
Mariana estaba frente a la estufa removiendo una olla de caldo con movimientos lentos, como si el brazo le pesara demasiado. Tenía a Leo pegado al hombro, la carita roja por la fiebre y la respiración corta. El niño no lloraba por berrinche; lloraba por agotamiento. En la encimera había un termómetro, un frasco de jarabe destapado, una toalla húmeda y un vaso a medio llenar.
A unos pasos, como si habitaran otra realidad, estaban Rebeca y Paula.
Su madre y su hermana.
Rebeca se había acomodado en la barra con una taza de café y el teléfono en la mano. Paula veía videos con audífonos, riéndose en silencio. Había platos sucios, ropa acumulada en una silla, juguetes hasta el pasillo y un cansancio casi visible pegado en las paredes.
Diego no necesitó escuchar una sola explicación para entender que algo estaba profundamente mal.
Mariana levantó la vista y, por un segundo, sus ojos se llenaron de alivio. Fue una luz pequeña, breve. Después volvió a cubrirse de puro agotamiento.
—¿Desde cuándo está así Leo? —preguntó Diego.
—Desde el miércoles en la noche —respondió Mariana—. Fiebre, tos, casi no duerme.
Diego miró a su madre.
—¿Han estado aquí?
Rebeca respondió con ese tono que siempre mezclaba ofensa y superioridad.
—Vine a hacerle compañía.
Paula ni siquiera levantó bien la cabeza.
—No la hemos dejado sola, si es lo que vas a decir.
Diego recorrió la escena otra vez. La olla. El niño ardiendo. La espalda vencida de Mariana. El café servido. Los teléfonos. Y algo dentro de él se rompió de una forma limpia.
—Las dos van a agarrar sus cosas y se van de mi casa ahora mismo.
Nadie esperaba