La lluvia comenzó antes del anochecer, fina al principio, apenas una bruma fría sobre los techos, pero para las nueve de la noche ya caía con una insistencia amarga que lo empapaba todo. Valeria ajustó mejor el portabebé sobre su pecho y miró por tercera vez la lata de fórmula vacía sobre la mesa de la cocina.
No quedaba suficiente para la toma de madrugada.
Emilia dormía pegada a ella, tibia y pequeña, ajena al nudo que a Valeria se le formaba en el estómago cada vez que calculaba lo poco que le quedaba. Dinero contado. Pañales justos. Una casa llena de gente y, aun así, ningún lugar que se sintiera suyo.
—Mamá —dijo, desde la puerta de la sala—. Necesito ir a la farmacia. Se acabó la leche de la niña.
Su madre ni siquiera levantó la vista del teléfono.
—Con esta lluvia no vas a salir.
—Justamente por eso necesito la camioneta.
Paula soltó una risa breve desde el sofá, sin apartar los ojos de la pantalla.
—Yo la voy a usar.
Valeria giró hacia ella.
—¿A esta hora?
—Tengo una cena.
—Paula, son las nueve y está lloviendo a cántaros.
—No es tu problema.
La camioneta gris estaba estacionada afuera, bajo el alero. Había sido un regalo del abuelo Tomás cuando Emilia nació, una forma práctica de asegurar que Valeria pudiera moverse con la bebé y rehacer su vida después de quedar viuda a los veintisiete años. El día que se la entregó, había puesto las llaves en su palma y le había dicho: “Esto es para que nadie te inmovilice”.
Dos meses después, las llaves ya no estaban en su bolso.
Primero se las quitó su madre “para que descansara”. Luego las conservó Paula “porque tú ni sales”. Después simplemente dejaron de responder cada vez que Valeria preguntaba por ellas.
—Solo necesito veinte minutos —insistió Valeria—. Voy y vuelvo.
Su padre carraspeó desde la mesa del comedor, escondido detrás del periódico viejo que leía sin leer.
—No hagan drama.
—No estoy haciendo drama —dijo Valeria, sintiendo subir el calor a la cara—. Estoy pidiendo lo que es mío.
Su madre alzó la vista por fin.
—Lo que es tuyo también debe usarse con sensatez. Tú no estás bien para manejar. Apenas duermes, estás nerviosa todo el tiempo y lloras por cualquier cosa.
Ese era el tono. Siempre el mismo. Uno casi médico, casi compasivo, diseñado para que cualquier protesta de Valeria pareciera confirmación del diagnóstico que le imponían.
—No estoy loca —dijo, en voz baja.
—Nadie dijo eso —respondió su madre de inmediato.
Paula ya tenía las llaves en la mano.
—Te presto dinero para un taxi si quieres —soltó, pero sin ofrecer ni un billete—. Bueno, no, olvídalo. La última vez dijiste que luego me pagabas y nunca lo hiciste.
Valeria la miró, incrédula. Paula llevaba semanas usando la camioneta, la tarjeta de gasolina y hasta la cochera como si todo le perteneciera por derecho natural. Aun así, hablaba como si ella fuera la generosa.
Emilia empezó a quejarse con ese sonido pequeño que precedía al llanto. Valeria la meció de inmediato.
—No necesito un favor —murmuró—. Necesito que dejen de quitarme las cosas.
Su madre se puso de pie.
—Basta. No frente a la niña.
La frase la dejó helada. Como si Emilia pudiera