A las 2:47 de la madrugada, Pietro Duca estaba de pie en la oscuridad de su penthouse, sosteniendo un vaso de whisky que no había probado.
Manhattan brillaba detrás de él como una joya fría. Los edificios parecían cuchillos de luz levantados contra el cielo, y el mármol bajo sus zapatos reflejaba la ciudad con una perfección casi cruel.
Cualquier otro hombre con su apellido habría estado en un club privado, en una reunión peligrosa o en una mesa donde las sonrisas significaban amenazas.
Pero Pietro no estaba pensando en enemigos.
Estaba esperando a Ivy Bennett.
Ella trabajaba en su casa desde hacía casi tres meses. Técnicamente era su empleada doméstica. En la práctica, se había convertido en la única presencia capaz de romper el silencio de aquel lugar enorme sin pedir permiso.
Ivy dejaba flores silvestres en vasos caros porque decía que los jarrones de diseño parecían funerarios. Discutía con el chef sobre el ajo. Regañaba a Pietro si se saltaba el desayuno. Tarareaba canciones viejas mientras doblaba camisas que costaban más que su renta anterior.
Y esa noche no había vuelto.
No contestaba el teléfono.
No había enviado mensaje.
Pietro se dijo durante la primera hora que no le importaba. Durante la segunda, caminó por el salón como un animal encerrado. Durante la tercera, imaginó cada calle, cada desconocido, cada puerta equivocada.
Cuando el ascensor privado por fin se abrió, Ivy salió descalza, con las mejillas rojas por el frío, el cabello suelto y los tacones colgando de una mano.
Se detuvo al verlo.
—Demonios —murmuró.
Pietro salió de la sombra.
—¿Esta es hora de llegar a casa?
Ivy apretó los tacones contra su pecho como si fueran un escudo absurdo.
—¿Por qué estás parado ahí como villano de película de terror? Me asustaste.
—No estaba escondido.
—Claro que estabas escondido.
—Estaba esperando.
La palabra cayó entre los dos con más peso del que debía tener.
Ivy era muchas cosas, pero cobarde no. Había sobrevivido a deudas, habitaciones heladas, hombres que confundían necesidad con permiso, y trabajos donde el cansancio se pagaba por hora. Sin embargo, Pietro Duca mirándola a esa hora, con la camisa abierta en el cuello y una tensión imposible de ocultar, era una clase distinta de peligro.
No porque fuera a hacerle daño.
Porque parecía demasiado cerca de decir la verdad.
—Mi turno terminó temprano —dijo ella—. Salí con unos amigos.
—¿Qué amigos?
Sus ojos vacilaron.
Medio segundo.
Pero Pietro había construido su vida leyendo silencios.
—Mason Reed —dijo.
Ivy soltó el aire despacio.
—Nos encontramos después del trabajo.
—¿En un club?
—En un lounge.
—¿A las tres de la mañana?
—No eran las tres.
—Casi.
Ella intentó pasar junto a él. Pietro se movió apenas, lo suficiente para quedar en su camino, pero sin tocarla. Esa era una línea que nunca cruzaba con Ivy. No con ella. No con alguien que vivía bajo su techo y dependía de su salario.
—No contestaste el teléfono —dijo él.
—Se me murió la batería.
—Trabajas aquí. Vives aquí. Estás bajo mi protección.
Ivy soltó una risa seca.
—Trabajo para ti, Pietro. No eres dueño de mis noches.
Los ojos de él se endurecieron.
—No —respondió—. No lo soy.
La sinceridad la desarmó por un instante.
El penthouse quedó suspendido en un silencio de mármol, cristal y