Le Di La Llave Que Exigía Y Encontró La Habitación Prohibida

El teléfono sonó a las 7:08 de la mañana, justo cuando Ofelia Serrano sostenía la cafetera con una mano y buscaba sus lentes con la otra.

No atendió de inmediato.

A su edad, una aprende a distinguir la urgencia real del ruido que solo pretende parecer importante. La cafetera terminó de escurrir. El mar no estaba cerca, pero esa mañana el aire húmedo de la ciudad se había colado por la ventana del pequeño departamento alquilado en el que vivía desde hacía once meses. Recién entonces vio el nombre en la pantalla.

Lorena.

Su nuera.

Ofelia respiró una vez antes de responder.

—¿Sí?

No hubo saludo.

—Ofelia, deja de hacerte la mártir —dijo Lorena con una dureza que parecía ensayada—. Una casa de ese tamaño le pertenece a la familia.

Ofelia se quedó inmóvil, con la taza vacía en la mano. Ni siquiera preguntó de qué casa hablaba. Lo sabía.

La revista digital había publicado las fotos la noche anterior. Un reportaje breve sobre una de las propiedades más comentadas de la bahía de Valparaíso: una casona antigua restaurada, encaramada sobre los acantilados, con muros de piedra clara, ventanales altos, bodega subterránea y una biblioteca de dos pisos. La nota mencionaba que la había comprado una mujer viuda, discretamente, pagando de contado.

No ponía su edad.

No ponía su historia.

Pero sí bastaba para que personas como Lorena olieran el dinero desde lejos.

—Buenos días para ti también —respondió Ofelia, apoyando la taza sobre la mesa.

Lorena soltó una risa corta.

—Diego me contó todo. La terraza, el jardín interior, el pabellón de invitados… Honestamente, no sé qué piensas hacer tú sola con un lugar así.

Ofelia miró alrededor.

La cocina del alquiler era estrecha, antigua y oscura. La pintura del techo se levantaba en una esquina. Había cajas apiladas junto a la pared, todavía cerradas, porque no valía la pena instalar la vida en un sitio que solo había sido una pausa. Una decía ROPA. Otra decía ARCHIVO. La última, escrita por ella misma con plumón negro, decía NO TOCAR.

Nadie la había abierto.

Nadie, salvo ella.

—La compré —dijo—. Con eso basta.

Del otro lado hubo una inhalación seca.

—La gente está hablando.

—¿La gente de dónde sale tan temprano?

—No te burles. Dicen que es raro. Que Julián no dejó una fortuna. Que todo esto apareció de la nada.

Ofelia apoyó la palma sobre la mesa. Había aprendido a hacerlo cuando sentía que el cuerpo quería traicionarla con temblores. Nada de lo que Lorena estaba diciendo la sorprendía. Lo que la sorprendía era la prisa.

Ni veinticuatro horas.

Eso significaba miedo.

—¿Qué quieres, Lorena?

La respuesta llegó tan rápido que parecía estar esperando permiso para salir.

—Una llave. Y el código del portón. Si esa casa va a ser el nuevo punto de reunión de la familia, no puedes comportarte como si fueras la dueña absoluta.

Ofelia entrecerró los ojos.

La frase era absurda, pero no por lo que decía. Lo absurdo era que Lorena creyera tener derecho a pronunciarla.

La misma mujer que no había aparecido ni una vez cuando Julián enfermó. La misma que, una semana después del funeral, empezó a hablar de simplificar, reducir, soltar, dar vuelta la página. La misma que convenció a Diego de que su madre no podía quedarse sola en

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