Mi esposo eligió la noche más importante de nuestra hija para humillarme delante de todos.
Ese fue el error de Octavio Salvatierra.
El salón principal del antiguo casino de Guadalajara tenía una belleza tramposa. Desde lejos parecía un palacio de luz: lámparas doradas, columnas blancas, arreglos de bugambilias frescas y meseros cruzando entre las mesas con bandejas de plata. De cerca, en cambio, yo solo veía reflejos: el rostro orgulloso de mi hija en una copa, la sonrisa fingida de mi esposo en un vidrio, mi propia imagen partida en varios espejos.
Lucía acababa de recibir el reconocimiento nacional por su proyecto de arquitectura social. Había diseñado un conjunto de viviendas temporales para estudiantes desplazados por la violencia en comunidades pequeñas. No era un proyecto para lucirse; era una respuesta a historias reales, a jóvenes que caminaban dos horas para llegar a clase, a madres que dormían en pasillos de hospitales mientras sus hijos estudiaban en otra ciudad.
Mi hija estaba de pie junto al escenario, con un vestido azul oscuro que ella misma había elegido porque, según dijo, no quería parecer disfrazada de adulta. Tenía los ojos brillantes. Su diploma descansaba contra su pecho como si aún no creyera merecerlo.
Yo sí lo creía. Lo había creído desde que la vi construir casas con cajas de zapatos a los seis años.
Octavio también aplaudía. Aplaudía fuerte, sonriendo a las cámaras, saludando a empresarios, aceptando palmadas en la espalda. Para cualquiera que lo mirara desde fuera, era el padre perfecto: exitoso, generoso, orgulloso. Un hombre que había pagado universidades, donado a fundaciones y convertido su apellido en sinónimo de prestigio.
Pero yo conocía el peso real de ese apellido.
Lo había cargado sobre la espalda durante veintiocho años.
—Sonríe, Clara —me murmuró Octavio sin dejar de mirar al fotógrafo—. Pareces cansada.
No era una sugerencia. Era una orden envuelta en terciopelo.
Sonreí apenas.
A su derecha estaba Renata Vidal, su directora de imagen. Veintinueve años, pelo oscuro perfectamente lacio, labios rojos, un vestido del mismo color que parecía elegido para que nadie pudiera ignorarla. Desde hacía meses, Renata estaba presente en todos los eventos, incluso en los que no tenían nada que ver con la empresa. Aparecía en comidas familiares, cenas con donantes, presentaciones de proyectos. Siempre cerca de Octavio. Siempre demasiado cómoda.
La primera vez que le pregunté por ella, él soltó una risa seca.
—Por favor, Clara. No te conviertas en una esposa insegura. Es desagradable.
Esa era su manera de borrar las cosas: no negándolas, sino haciéndome sentir ridícula por haberlas visto.
Después del reconocimiento de Lucía, anunciaron un brindis. Los invitados se levantaron. Yo alcé mi copa con manos firmes, aunque por dentro algo me advertía que Octavio estaba demasiado tranquilo. Había en él una alegría distinta, no la alegría limpia de un padre, sino la satisfacción de quien está a punto de hacer una jugada cruel.
Entonces golpeó la copa con un cuchillo.
El sonido se extendió por el salón.
—Tengo algo que decir —anunció.
Varias cabezas se volvieron hacia él. Lucía sonrió al principio, pensando quizá que su padre iba a dedicarle unas palabras. Yo vi cómo acomodó el diploma entre sus manos, lista para avergonzarse con ternura ante algún discurso exagerado.
Octavio esperó a que el silencio fuera completo.
Siempre le había gustado